jueves, 13 de septiembre de 2007

Algo acerca de nuestra "sociedad"

No es necesario ser un sociólogo especialista o un ilustre antropólogo para colegir que, verdaderamente, la sociedad es la conceptualización de Dios llevada a su más alto y universal significado, a través de toda la historia de la humanidad. Pensar en el hombre –entiéndase, de ahora en adelante, varón y mujer– es pensar en la sociedad, dado que ésta se encuentra constituida por un grupo de hombres. “El hombre es un ser social”, nos repiten durante la etapa escolar y hasta en la educación superior, pero lo que nadie se preocupa en aclarar es si en realidad el hombre necesita de la sociedad o es la sociedad la que necesita del hombre –o grupo de hombres– para continuar siendo lo que es, una verdadera deidad.

Podríamos remontarnos a épocas inmemoriales, cuando nuestros antepasados –según la antropología convencional–, accidentalmente, descubrieron el fuego friccionando guijarros; podríamos hacer el recorrido por las primeras hordas o clanes primitivos y su rústica jerarquización de ciertos principios universales, para descubrir desde cuándo y de qué manera surge la sociedad humana en el planeta. Pero sería inmiscuiros en materias tales como la Historia, la Geografía, la Biología, la Religión, etc., generando así puntos de vista encontrados y dispares. Más bien, la sociedad en la que nos desarrollamos –la peruana, y, debido a la centralización, la limeña– nos provee del material suficiente como para poder realizar un análisis adecuado, objetivo y sumamente rico en experiencias vívidas.


Cada día sobre la tierra contiene un abanico de experiencias y oportunidades que el hombre se empecina en aprovechar o desdeñar, muchas veces inconscientemente. Aunque es cierto que nadie más que nosotros puede decidir sobre lo que queremos, muchas veces estas decisiones están en función de las de otras personas, cada una con sus propios intereses, ignorando por completo de qué manera repercutirán tales decisiones sobre la de otros. El término “no me importa” denota intencionalidad; por consiguiente, la mayoría de las personas vive como quiere o como puede hacerlo, aprovechando o desdeñando oportunidades, acumulando experiencia, y determinando, sin percatarse de ello, el ritmo de vida de sus congéneres. La intencionalidad del “no me importa” surge cuando se tiene pleno conocimiento de las consecuencias de lo que se está haciendo o por hacer; nuestra sociedad no se caracteriza por esta última descripción.