Las heridas de su presa, aún purulentas y palpitantes, motivaron que hendiera de nuevo la carne con sus colmillos; por las comisuras de la vieja herida brotó pus negra mezclada con la sangre que necesitaba para saciar su eterno apetito. La víctima forcejeó y se estremeció al sentir el veneno recorriendo sus órganos; presa de espanto, eludió el dolor que la aquejó inicialmente cuando fue atrapada por aquellos mortíferos hilos de plata y concentró todas sus fuerzas en escapar y perecer inmediatamente. Cierto es que desconocía su destino, pero el instinto y el veneno le advirtieron que cualquier tipo de muerte era mejor que aquélla.
El espasmo de su presa la llenó de júbilo e impaciencia, habría querido absorber todos sus fluidos de un solo golpe, pero tenía que respetar el ritual. Los colmillos bailaron en sus orificios y se arquearon dentro de la pulpa lívida que antes había sido carne, dejando su epidermis manchada de sangre seca, una costra calcinante que despedía vapores de aire y agua, producto del veneno inyectado. Los colmillos se arquearon dentro para sujetar mejor a su presa; no eran rígidos como el marfil y podían adoptar la forma más conveniente para impedir el escape del alimento.
Así, forcejeando y batiendo las extremidades con locura, generando un zumbido sordo, la víctima intentó una vez más escapar de su destino. Pero sus músculos estaban agarrotados y la sangre se le había endurecido por dentro, de tal manera que su ajetreo era percibido por ella misma como un acto de suma violencia, cuando en realidad no era así, puesto que su captora la había aprisionado entre sus extremidades velludas y contráctiles, imposibilitándole cualquier tipo de movimiento o escape. Los colmillos abrieron más la carne y parecieron alargarse; la víctima sintió que se ramificaban dentro y terminarían atravesando su cuerpo mullido para reventarlo como un fruto podrido. Hizo un último esfuerzo para girar la cabeza y atacar con su apéndice calcáreo al verdugo. Y lo logró.
Aquel apéndice afilado hirió sus articulaciones, la sacudida la forzó a que soltara a su presa un instante y retomara una nueva posición de ataque. Todos los hilos vibraron con la sacudida y su mucosidad se tensó en torno al cuerpo de la víctima; ésta lo ignoraba y, extasiada por su aparente victoria, agitó desesperadamente las alas para escapar de los hilos y los colmillos, pero sólo consiguió enredarse más, embrollarse como un ovillo viviente. Su plumaje se crispó cuando vio a su verdugo acercarse con cautela; quiso sacudir la cabeza una vez más para blandir el pico en su defensa, pero los hilos le estrangulaban el cuello y el vientre; sólo las alas, extendidas pero inútiles, parecían conservar su lozanía, pero sólo era cuestión de tiempo.
Los hilos vibraron de nuevo con su avance, su viscosidad permitió que sus garras se deslizaran con suavidad y premura. Sus extremidades se prepararon para arremeter con una mayor asfixia y sus colmillos chorreaban savia venenosa, viscosa como los hilos plateados y refulgentes con los primeros rayos del sol.
De un salto estuvo de nuevo sobre ella, y esta vez sus colmillos taladraron el cuello, el cual convulsionó frenéticamente al tiempo que se le reventaban las arterias empapando el plumaje multicolor. La pus brotó de adentro hacia fuera, burbujeante y negra, sangrante. Los ojos del colibrí perdieron su brillo, sus patas se agarrotaron y las alas se flexionaron sobre el ovillo viscoso. Comprimiendo su cuerpo, triturando cada hueso para enrollarlo de nuevo, la araña arqueó sus mandíbulas y le comunicó a sus colmillos la orden precisa para no matar a su víctima. Debía mantenerla fresca, al igual que su sangre caliente, para que sirviera de alimento vivo a sus huevecillos. Tal era el ritual obligatorio que exigía la vida para ambos.
Aurelio Díaz

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