lunes 7 de diciembre de 2009

EL RITUAL

Las heridas de su presa, aún purulentas y palpitantes, motivaron que hendiera de nuevo la carne con sus colmillos; por las comisuras de la vieja herida brotó pus negra mezclada con la sangre que necesitaba para saciar su eterno apetito. La víctima forcejeó y se estremeció al sentir el veneno recorriendo sus órganos; presa de espanto, eludió el dolor que la aquejó inicialmente cuando fue atrapada por aquellos mortíferos hilos de plata y concentró todas sus fuerzas en escapar y perecer inmediatamente. Cierto es que desconocía su destino, pero el instinto y el veneno le advirtieron que cualquier tipo de muerte era mejor que aquélla.

El espasmo de su presa la llenó de júbilo e impaciencia, habría querido absorber todos sus fluidos de un solo golpe, pero tenía que respetar el ritual. Los colmillos bailaron en sus orificios y se arquearon dentro de la pulpa lívida que antes había sido carne, dejando su epidermis manchada de sangre seca, una costra calcinante que despedía vapores de aire y agua, producto del veneno inyectado. Los colmillos se arquearon dentro para sujetar mejor a su presa; no eran rígidos como el marfil y podían adoptar la forma más conveniente para impedir el escape del alimento.

Así, forcejeando y batiendo las extremidades con locura, generando un zumbido sordo, la víctima intentó una vez más escapar de su destino. Pero sus músculos estaban agarrotados y la sangre se le había endurecido por dentro, de tal manera que su ajetreo era percibido por ella misma como un acto de suma violencia, cuando en realidad no era así, puesto que su captora la había aprisionado entre sus extremidades velludas y contráctiles, imposibilitándole cualquier tipo de movimiento o escape. Los colmillos abrieron más la carne y parecieron alargarse; la víctima sintió que se ramificaban dentro y terminarían atravesando su cuerpo mullido para reventarlo como un fruto podrido. Hizo un último esfuerzo para girar la cabeza y atacar con su apéndice calcáreo al verdugo. Y lo logró.

Aquel apéndice afilado hirió sus articulaciones, la sacudida la forzó a que soltara a su presa un instante y retomara una nueva posición de ataque. Todos los hilos vibraron con la sacudida y su mucosidad se tensó en torno al cuerpo de la víctima; ésta lo ignoraba y, extasiada por su aparente victoria, agitó desesperadamente las alas para escapar de los hilos y los colmillos, pero sólo consiguió enredarse más, embrollarse como un ovillo viviente. Su plumaje se crispó cuando vio a su verdugo acercarse con cautela; quiso sacudir la cabeza una vez más para blandir el pico en su defensa, pero los hilos le estrangulaban el cuello y el vientre; sólo las alas, extendidas pero inútiles, parecían conservar su lozanía, pero sólo era cuestión de tiempo.

Los hilos vibraron de nuevo con su avance, su viscosidad permitió que sus garras se deslizaran con suavidad y premura. Sus extremidades se prepararon para arremeter con una mayor asfixia y sus colmillos chorreaban savia venenosa, viscosa como los hilos plateados y refulgentes con los primeros rayos del sol.

De un salto estuvo de nuevo sobre ella, y esta vez sus colmillos taladraron el cuello, el cual convulsionó frenéticamente al tiempo que se le reventaban las arterias empapando el plumaje multicolor. La pus brotó de adentro hacia fuera, burbujeante y negra, sangrante. Los ojos del colibrí perdieron su brillo, sus patas se agarrotaron y las alas se flexionaron sobre el ovillo viscoso. Comprimiendo su cuerpo, triturando cada hueso para enrollarlo de nuevo, la araña arqueó sus mandíbulas y le comunicó a sus colmillos la orden precisa para no matar a su víctima. Debía mantenerla fresca, al igual que su sangre caliente, para que sirviera de alimento vivo a sus huevecillos. Tal era el ritual obligatorio que exigía la vida para ambos.

Aurelio Díaz

lunes 26 de noviembre de 2007

Lino, Vivian y yo, en el 630 del jirón Zepita
Centro de Lima

viernes 19 de octubre de 2007

Fanzine Heridita Nº 3

Con predisposición a crecer

lunes 17 de septiembre de 2007

Un autorretrato proyectado desde el año 2000...
¿Habré atinado?

El invento humano llamado "sociedad"

El ser humano no sería un ser social si no hubiera creado la sociedad. Y más aún, el ser humano, al reunirse en grupos que comparten un fin común, no necesariamente podría considerársele miembro de una sociedad. Hablar de sociedad resulta pues, demasiado general como para abarcar a todos los individuos por igual. Asimismo, las murallas morales tampoco tendrían que regir la conducta de los individuos que conforman determinada sociedad, dado que también fueron creadas por el mismo hombre, arbitrariamente, salvaguardando supuestamente los intereses de la mayoría. De la mayoría, no de todos.

Entonces, y teniendo en cuenta lo analizado hasta el momento, tenemos a la sociedad como una invención humana destinada a la preservación de los intereses de los individuos que la conforman, a la consecución de metas altruistas pero no democráticas, ya que únicamente podrá satisfacerse a ciertos sectores de la misma. Nunca todos estarán satisfechos, y nunca dicha satisfacción será perenne en cada individuo o grupo de ellos, sino que fluctuarán indistinta e indeterminadamente. Dichas fluctuaciones están condicionadas por un factor sumamente importantísimo que, curiosamente, escapa del poder del hombre: la circunstancia.

Quién no ha oído hasta el hartazgo el manoseadísimo “no fue mi culpa, es el destino”. Pues bien, a través de esta aparente excusa se esconde el subconsciente impotente ante la adversidad que le plantea el medio. Somos seres humanos, no animales. Ellos aceptan su entorno y se adaptan; nosotros nos pasamos el resto de la vida adaptando el entorno a nuestras comodidades. ¿Quién es el ser evolucionado entonces? Pero el hombre no podría haber retado a la naturaleza solo o aisladamente, por lo que tuvo que agruparse en comunidades pequeñas y erigir una “naturaleza artificial”, una con sus propias leyes, con sus propias limitaciones y beneficios, una que le diera la potestad de imponerse por sobre todos los demás seres del planeta para proclamar su señorío y su omnipotencia. Surge entonces la sociedad. Desde entonces, el hombre es un ser social, pero no porque necesite de la sociedad para vivir, sino más bien como un medio para vivir. Es la sociedad la que necesita del hombre para seguir teniendo vigencia sobre la vida de sus creadores. La sociedad es un ente autónomo, como muchas otras invenciones del hombre, que a la larga se independizan, pero que jamás podrán dejar de lado su causa originaria para existir. También es un fenómeno sociológico que nos lleva a reflexionar sobre el proceder del hombre ante la naturaleza. ¿Era en verdad necesario crear una sociedad? Y si lo era, ¿es la sociedad actual la que se surgió del raciocinio de nuestros antepasados?
A pesar de que en primera instancia muchas personas discreparán con las ideas vertidas aquí, hay algo que es irrefutable y verídico. La sociedad en que vivimos no es la primigenia. No es ni siquiera un vástago o una huella del pasado. Es otra totalmente diferente, una casi contraria. Para fines didácticos diremos que ésta sociedad es una deformación de su antecesora, un producto contaminado, un experimento fallido que aún es aplicable, aunque ya no sustentable desde el punto de vista psicológico. Los intereses que se pretendían preservar no existen ya, el altruismo, la cohesión entre sus integrantes, los objetivos paralelos a los de la naturaleza, se han esfumado con el devenir del tiempo. El hombre ha asesinado su creación, la ha enturbiado añadiéndole elementos nocivos y autodestructivos, artificializando los instintos, esquematizando las necesidades, cuantificando los resultados, sistematizando no sólo su existencia, sino también esclavizándose por completo de su perjudicial ensayo de sociedad. El hombre no necesita de la sociedad, pero ya no puede desprenderse de ella. Ambos son elementos simbiontes que viven gracias a la degeneración que se proporcionan mutuamente, inconscientemente. Hacerlo conscientemente, como lo mencionara al inicio, denotaría intencionalidad. Pues bien, podemos seguir hundiéndonos junto a nuestra creación, o podríamos intentar “repararla” desde dentro. La única traba que encontraríamos sería tratar de que los demás se dieran cuenta de semejante importancia; el hecho de que siquiera nos demos cuenta de ello no quiere decir que se ha avanzado. Aquel que se mantiene ignorante al menos tiene una manera de justificar su inacción. Tenemos que desarrollar la capacidad de llevar a cabo las acciones predeterminadas por nuestro sentido común. La toma de decisiones frente a una situación que lo requiera debe no sólo ser característica del ser humano, sino también el único “ejercicio social” destinado a transformar la realidad desde dentro hacia fuera, tomando como punto de origen la causa de determinadas problemáticas; el resto, al igual que los impulsos nerviosos del organismo, deben ser “reflejos” ante éstos estímulos.

Sin embargo, y como bien puede demostrarlo la literatura referente a este tipo de análisis, de las palabras a los hechos se extiende un océano de incertidumbre relacionado con la toma de decisiones que generalmente condiciona cualquier tipo de reflexión que se haya hecho. Nos encontramos entonces en la disyuntiva de querer transformar la realidad sin poder llevarla a cabo. Aparentemente, es inaudito pensar en tamaña insensatez, pero el tiempo se ha encargado de robustecer esta teoría, conforme la civilización va incrementando sus componentes neuróticos en todos los aspectos y niveles de que está constituida. Cada vez la sociedad se hace más absurda y contraproducente a la satisfacción de necesidades verdaderas, prioritarias. Cada vez la sociedad se enajena más, se distorsiona más, cubriendo sus errores con cada nueva aplicación tecnológica, con nuevas corrientes ideológicas destinadas a la “liberación” del alma, con conceptos cada vez más complejos acerca de un tipo particular de neurosis que muchas veces termina formando parte de nuestra nomenclatura educativa. Como consecuencia de ello, la sociedad se estaría “desnaturalizando”, dado que con el tiempo va perdiendo su verdadera naturaleza, la verdadera razón por la que fue concebida durante las primeras reuniones de hordas humanas.

viernes 14 de septiembre de 2007

Más sobre nuestra "sociedad"

Ahora bien, si la vida de cada individuo es rica en experiencias, la sociedad puede equipararse a un microuniverso vivencial, un conglomerado de actitudes, ideologías, posturas, etc., todas ellas manifestaciones del ser humano ante determinados estímulos, siendo el mayor de ellos el reconocimiento de la misma sociedad hacia el individuo. Todos buscamos reconocimiento, y no en mayor o menor grado, sino de manera diferente. Todos somos diferentes, aunque semejantes, ya que somos partes de un todo, de una sociedad determinada, con la cual nos identificamos, querámoslo o no. Algunos necesitan ostentar un título honorífico, un cargo o hasta una posición importante en ciertos sectores hegemónicos de la sociedad; otros se sienten revalorados solamente con unas cuantas palabras de aliento o gratitud. Tal es la diferencia entre individuos.

Hasta aquí, vemos el papel fundamental que juega el reconocimiento del propio individuo como integrante de su sociedad, y, por extensión, como determinante indirecto de los vaivenes en el quehacer de sus semejantes, siempre de manera inconsciente. Pero, ¿es la sociedad consciente del reconocimiento esperado por cada individuo y/o de las repercusiones en la vida de cada uno de ellos? Nuestra etapa escolar se ha caracterizado por mostrarnos una imagen ideal de nuestra sociedad que dista muchísimo de la real, llegando incluso al fomento de ciertos valores para preservar cierto “orden general”, uno que, supuestamente, beneficiaría a todos los integrantes de dicha sociedad. Sin embargo, y a lo largo de nuestra vida adolescente, juvenil y adulta, nos topamos con la sorpresa de que dicho “orden” no sólo brilla por su ausencia, sino que además pertenece al conocidísimo género infantil llamado “cuentos de hadas”. En este caso, se trataría de un “cuento moral”. En efecto, la sociedad se manifiesta como eje regulador de conducta de los individuos que la conforman a través de la moral, ese instrumento humano que ahora es autónomo y universal, al menos en nuestro contexto. Clara muestra de ello es nuestra intolerancia hacia otro tipo de manifestaciones culturales. Creemos –o pretendemos– ser dueños de la verdad.

Ciertamente, resulta gracioso esbozar siquiera la teoría de que determinada civilización se adjudique ser el icono de la verdad universal. Tremendos aires de megalomanía o lucidez narcisista podemos hallarlos en cualquier congregación religiosa o su equivalente político y pontificado; pero este tema corresponde a un capítulo más adelante.

jueves 13 de septiembre de 2007

Algo acerca de nuestra "sociedad"

No es necesario ser un sociólogo especialista o un ilustre antropólogo para colegir que, verdaderamente, la sociedad es la conceptualización de Dios llevada a su más alto y universal significado, a través de toda la historia de la humanidad. Pensar en el hombre –entiéndase, de ahora en adelante, varón y mujer– es pensar en la sociedad, dado que ésta se encuentra constituida por un grupo de hombres. “El hombre es un ser social”, nos repiten durante la etapa escolar y hasta en la educación superior, pero lo que nadie se preocupa en aclarar es si en realidad el hombre necesita de la sociedad o es la sociedad la que necesita del hombre –o grupo de hombres– para continuar siendo lo que es, una verdadera deidad.

Podríamos remontarnos a épocas inmemoriales, cuando nuestros antepasados –según la antropología convencional–, accidentalmente, descubrieron el fuego friccionando guijarros; podríamos hacer el recorrido por las primeras hordas o clanes primitivos y su rústica jerarquización de ciertos principios universales, para descubrir desde cuándo y de qué manera surge la sociedad humana en el planeta. Pero sería inmiscuiros en materias tales como la Historia, la Geografía, la Biología, la Religión, etc., generando así puntos de vista encontrados y dispares. Más bien, la sociedad en la que nos desarrollamos –la peruana, y, debido a la centralización, la limeña– nos provee del material suficiente como para poder realizar un análisis adecuado, objetivo y sumamente rico en experiencias vívidas.


Cada día sobre la tierra contiene un abanico de experiencias y oportunidades que el hombre se empecina en aprovechar o desdeñar, muchas veces inconscientemente. Aunque es cierto que nadie más que nosotros puede decidir sobre lo que queremos, muchas veces estas decisiones están en función de las de otras personas, cada una con sus propios intereses, ignorando por completo de qué manera repercutirán tales decisiones sobre la de otros. El término “no me importa” denota intencionalidad; por consiguiente, la mayoría de las personas vive como quiere o como puede hacerlo, aprovechando o desdeñando oportunidades, acumulando experiencia, y determinando, sin percatarse de ello, el ritmo de vida de sus congéneres. La intencionalidad del “no me importa” surge cuando se tiene pleno conocimiento de las consecuencias de lo que se está haciendo o por hacer; nuestra sociedad no se caracteriza por esta última descripción.