viernes, 14 de septiembre de 2007

Más sobre nuestra "sociedad"

Ahora bien, si la vida de cada individuo es rica en experiencias, la sociedad puede equipararse a un microuniverso vivencial, un conglomerado de actitudes, ideologías, posturas, etc., todas ellas manifestaciones del ser humano ante determinados estímulos, siendo el mayor de ellos el reconocimiento de la misma sociedad hacia el individuo. Todos buscamos reconocimiento, y no en mayor o menor grado, sino de manera diferente. Todos somos diferentes, aunque semejantes, ya que somos partes de un todo, de una sociedad determinada, con la cual nos identificamos, querámoslo o no. Algunos necesitan ostentar un título honorífico, un cargo o hasta una posición importante en ciertos sectores hegemónicos de la sociedad; otros se sienten revalorados solamente con unas cuantas palabras de aliento o gratitud. Tal es la diferencia entre individuos.

Hasta aquí, vemos el papel fundamental que juega el reconocimiento del propio individuo como integrante de su sociedad, y, por extensión, como determinante indirecto de los vaivenes en el quehacer de sus semejantes, siempre de manera inconsciente. Pero, ¿es la sociedad consciente del reconocimiento esperado por cada individuo y/o de las repercusiones en la vida de cada uno de ellos? Nuestra etapa escolar se ha caracterizado por mostrarnos una imagen ideal de nuestra sociedad que dista muchísimo de la real, llegando incluso al fomento de ciertos valores para preservar cierto “orden general”, uno que, supuestamente, beneficiaría a todos los integrantes de dicha sociedad. Sin embargo, y a lo largo de nuestra vida adolescente, juvenil y adulta, nos topamos con la sorpresa de que dicho “orden” no sólo brilla por su ausencia, sino que además pertenece al conocidísimo género infantil llamado “cuentos de hadas”. En este caso, se trataría de un “cuento moral”. En efecto, la sociedad se manifiesta como eje regulador de conducta de los individuos que la conforman a través de la moral, ese instrumento humano que ahora es autónomo y universal, al menos en nuestro contexto. Clara muestra de ello es nuestra intolerancia hacia otro tipo de manifestaciones culturales. Creemos –o pretendemos– ser dueños de la verdad.

Ciertamente, resulta gracioso esbozar siquiera la teoría de que determinada civilización se adjudique ser el icono de la verdad universal. Tremendos aires de megalomanía o lucidez narcisista podemos hallarlos en cualquier congregación religiosa o su equivalente político y pontificado; pero este tema corresponde a un capítulo más adelante.

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