lunes, 17 de septiembre de 2007

El invento humano llamado "sociedad"

El ser humano no sería un ser social si no hubiera creado la sociedad. Y más aún, el ser humano, al reunirse en grupos que comparten un fin común, no necesariamente podría considerársele miembro de una sociedad. Hablar de sociedad resulta pues, demasiado general como para abarcar a todos los individuos por igual. Asimismo, las murallas morales tampoco tendrían que regir la conducta de los individuos que conforman determinada sociedad, dado que también fueron creadas por el mismo hombre, arbitrariamente, salvaguardando supuestamente los intereses de la mayoría. De la mayoría, no de todos.

Entonces, y teniendo en cuenta lo analizado hasta el momento, tenemos a la sociedad como una invención humana destinada a la preservación de los intereses de los individuos que la conforman, a la consecución de metas altruistas pero no democráticas, ya que únicamente podrá satisfacerse a ciertos sectores de la misma. Nunca todos estarán satisfechos, y nunca dicha satisfacción será perenne en cada individuo o grupo de ellos, sino que fluctuarán indistinta e indeterminadamente. Dichas fluctuaciones están condicionadas por un factor sumamente importantísimo que, curiosamente, escapa del poder del hombre: la circunstancia.

Quién no ha oído hasta el hartazgo el manoseadísimo “no fue mi culpa, es el destino”. Pues bien, a través de esta aparente excusa se esconde el subconsciente impotente ante la adversidad que le plantea el medio. Somos seres humanos, no animales. Ellos aceptan su entorno y se adaptan; nosotros nos pasamos el resto de la vida adaptando el entorno a nuestras comodidades. ¿Quién es el ser evolucionado entonces? Pero el hombre no podría haber retado a la naturaleza solo o aisladamente, por lo que tuvo que agruparse en comunidades pequeñas y erigir una “naturaleza artificial”, una con sus propias leyes, con sus propias limitaciones y beneficios, una que le diera la potestad de imponerse por sobre todos los demás seres del planeta para proclamar su señorío y su omnipotencia. Surge entonces la sociedad. Desde entonces, el hombre es un ser social, pero no porque necesite de la sociedad para vivir, sino más bien como un medio para vivir. Es la sociedad la que necesita del hombre para seguir teniendo vigencia sobre la vida de sus creadores. La sociedad es un ente autónomo, como muchas otras invenciones del hombre, que a la larga se independizan, pero que jamás podrán dejar de lado su causa originaria para existir. También es un fenómeno sociológico que nos lleva a reflexionar sobre el proceder del hombre ante la naturaleza. ¿Era en verdad necesario crear una sociedad? Y si lo era, ¿es la sociedad actual la que se surgió del raciocinio de nuestros antepasados?
A pesar de que en primera instancia muchas personas discreparán con las ideas vertidas aquí, hay algo que es irrefutable y verídico. La sociedad en que vivimos no es la primigenia. No es ni siquiera un vástago o una huella del pasado. Es otra totalmente diferente, una casi contraria. Para fines didácticos diremos que ésta sociedad es una deformación de su antecesora, un producto contaminado, un experimento fallido que aún es aplicable, aunque ya no sustentable desde el punto de vista psicológico. Los intereses que se pretendían preservar no existen ya, el altruismo, la cohesión entre sus integrantes, los objetivos paralelos a los de la naturaleza, se han esfumado con el devenir del tiempo. El hombre ha asesinado su creación, la ha enturbiado añadiéndole elementos nocivos y autodestructivos, artificializando los instintos, esquematizando las necesidades, cuantificando los resultados, sistematizando no sólo su existencia, sino también esclavizándose por completo de su perjudicial ensayo de sociedad. El hombre no necesita de la sociedad, pero ya no puede desprenderse de ella. Ambos son elementos simbiontes que viven gracias a la degeneración que se proporcionan mutuamente, inconscientemente. Hacerlo conscientemente, como lo mencionara al inicio, denotaría intencionalidad. Pues bien, podemos seguir hundiéndonos junto a nuestra creación, o podríamos intentar “repararla” desde dentro. La única traba que encontraríamos sería tratar de que los demás se dieran cuenta de semejante importancia; el hecho de que siquiera nos demos cuenta de ello no quiere decir que se ha avanzado. Aquel que se mantiene ignorante al menos tiene una manera de justificar su inacción. Tenemos que desarrollar la capacidad de llevar a cabo las acciones predeterminadas por nuestro sentido común. La toma de decisiones frente a una situación que lo requiera debe no sólo ser característica del ser humano, sino también el único “ejercicio social” destinado a transformar la realidad desde dentro hacia fuera, tomando como punto de origen la causa de determinadas problemáticas; el resto, al igual que los impulsos nerviosos del organismo, deben ser “reflejos” ante éstos estímulos.

Sin embargo, y como bien puede demostrarlo la literatura referente a este tipo de análisis, de las palabras a los hechos se extiende un océano de incertidumbre relacionado con la toma de decisiones que generalmente condiciona cualquier tipo de reflexión que se haya hecho. Nos encontramos entonces en la disyuntiva de querer transformar la realidad sin poder llevarla a cabo. Aparentemente, es inaudito pensar en tamaña insensatez, pero el tiempo se ha encargado de robustecer esta teoría, conforme la civilización va incrementando sus componentes neuróticos en todos los aspectos y niveles de que está constituida. Cada vez la sociedad se hace más absurda y contraproducente a la satisfacción de necesidades verdaderas, prioritarias. Cada vez la sociedad se enajena más, se distorsiona más, cubriendo sus errores con cada nueva aplicación tecnológica, con nuevas corrientes ideológicas destinadas a la “liberación” del alma, con conceptos cada vez más complejos acerca de un tipo particular de neurosis que muchas veces termina formando parte de nuestra nomenclatura educativa. Como consecuencia de ello, la sociedad se estaría “desnaturalizando”, dado que con el tiempo va perdiendo su verdadera naturaleza, la verdadera razón por la que fue concebida durante las primeras reuniones de hordas humanas.

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